Ante la bandera
Ante la bandera Gaydón, dirigiéndose entonces al Director, le dijo:
—Ya se lo previne a usted.
Después púsose en persecución de su pensionista, reunióse a él, le cogió por el brazo sin que el otro hiciese gran resistencia, y le condujo al pabellón, la puerta del cual cerró en seguida.
El Conde de Artigas quedó solo con el Director, mientras el capitán Spada recorría una vez más el jardín a lo largo del muro inferior.
—No había exagerado, señor Conde —declaró el Director—. Es evidente que la enfermedad de Tomás Roch hace progresos de día en día, y, en mi opinión, llegará a convertirse en incurable locura. Aun poniendo a su disposición todo el dinero que pide, no se podría obtener nada.
—Es probable —respondió el Conde de Artigas—; y, sin embargo, si sus exigencias financieras llegan al absurdo, no es menos cierto que ha inventado un aparato de un poder infinito, por decirlo así.
—Ésa es la opinión de las personas competentes, señor Conde; pero el descubrimiento no tardará en desaparecer con él en una de estas crisis, que cada vez son más violentas. Bien pronto, hasta el móvil del interés, el único que parece haber sobrevivido en su espíritu, desaparecerá…