Ante la bandera
Ante la bandera La noticia de aquel rapto fue enviada telegráficamente a New-Berne, y de aquà a Raleigh. Por despacho, el Gobernador de la Carolina del Norte ordenó asimismo no dejar salir ningún navÃo del Pamplico-Sound sin haber sido antes objeto de una visita minuciosa. Otro despacho previno al crucero de estación, el Falcón, prestarse a la ejecución de estas medidas. Al mismo tiempo dictáronse severas disposiciones para que se vigilasen las ciudades y el campo de toda la provincia.
A consecuencia de todo esto, el Conde de Artigas pudo ver, a dos millas al Este, que el Falcón hacÃa sus preparativos para aparejar. Durante el tiempo que le serÃa preciso para ponerse en presión, la goleta hubiera podido ponerse en camino, sin temor de ser perseguida, durante una hora por lo menos.
—¿Levamos anclas? —preguntó el capitán Spada.
—SÃ, puesto que el viento es bueno: pero sin que se note prisa alguna —respondió el Conde de Artigas.
—Es verdad —añadió el ingeniero Serko—. Los pasos del Pamplico-Sound deben estar vigilados ahora, y ningún navÃo podrá ganar el mar sin recibir la visita de gentes tan curiosas como indiscretas.