Ante la bandera

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Sin embargo, esta vez no se me ha amordazado ni atado los pies y las manos; se han contentado con sujetarme vigorosamente, y no hubiera podido huir.

Un instante después he sido arrastrado fuera del compartimiento y subido al través de un estrecho medio puente. Bajo mis pies resuenan los escalones de una escalera metálica. Después un aire fresco golpea mi rostro, y al través del pedazo de tela yo le respiro ávidamente.

Se me levanta entonces, y los dos hombres me depositan sobre un suelo que ya no es de placas de palastro, y debe de ser el puente de un navío.

Al fin los brazos que me oprimían me sueltan. Tengo la libertad de mis movimientos.

Arranco la tela que cubre mi cabeza, y miro…

Estoy a bordo de una goleta en plena marcha, que deja una grande estela.

Me ha sido preciso asirme a uno de los mástiles para no caer, deslumbrado por la luz del día, al salir de aquella prisión de cuarenta y ocho horas, en medio de la más completa obscuridad.

Por el puente van y vienen unos diez hombres de semblante rudo, tipos diferentes, de los que no sabría asegurar el origen… Por lo demás, apenas si se fijan en mí.

Respecto a la goleta, puede ser, en mi opinión, de doscientas cincuenta a trescientas toneladas.


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