Ante la bandera
Ante la bandera Desde que desperté, algunos estremecimientos del casco me habían hecho pensar que el barco se había vuelto a poner en marcha, después de haberse detenido desde la víspera probablemente en alguna ensenada desierta de la costa, puesto que yo no había sentido las sacudidas que acompañan a la operación de anclar.
A las seis oí ruido de pasos tras la pared metálica de mi encierro. ¿Iban a entrar?
Sí… Rechinó la cerradura y abrióse la puerta. La luz de un farol disipó las tinieblas, en las que desde mi llegada a bordo estaba sumido.
Aparecieron dos hombres cuyos rostros no pude ver. Cogiéronme en sus brazos y envolvieron mi cabeza en un espeso trozo de tela, de tal suerte que érame imposible distinguir nada.
¿Qué significaba esta precaución? ¿Qué iban a hacer conmigo? Quise resistirme…
Se me sujetó fuertemente. Pregunté… No obtuve respuesta.
Estos hombres cambiaron algunas palabras en idioma para mí desconocido, y cuya proveniencia no pude reconocer.
Decididamente, se usan pocas consideraciones conmigo. Cierto que, ¿para qué molestarse con un pobre guardián de locos? Pero no estoy seguro de que el ingeniero Simón Hart hubiera sido objeto de más atenciones.