Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el Africa Austral
Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el Africa Austral Sir Murray se sentía decepcionado. Un cazador como él no podía permitirse el lujo de volver de vacío. Sumido en estas reflexiones, la suerte pareció favorecerle. Un animal parecido a las liebres comunes que abundan en Europa salió de pronto de la espesura. La liebre se situó a unos cincuenta pasos del inglés y éste, contento al fin de encontrar un blanco contra el que disparar, envió al inofensivo animal una bala de su carabina.
Mokoum dio un grito de indignación y exclamó:
—¿Cómo es posible que desperdicie una bala como ésta para una simple liebre, cuando habrían bastado unos simples perdigones?
Pero el cazador inglés, satisfecho por haber podido demostrar sus habilidades, no atendió las exclamaciones de protesta del bushman y se lanzó al galope hacia el lugar donde debía de haber caído el animal.
Pero no había el menor rastro de la liebre, y tan sólo podía distinguirse un pequeño rastro de sangre en el suelo. Sir John buscó en vano entre los matorrales de los alrededores, en tanto que los perros husmeaban el lugar. Mas ni uno ni otros consiguieron nada.
Mokoum, que se había acercado al trote, miraba sonriente los esfuerzos de su amigo y señor.
—¡La he tocado! —protestaba Sir Murray—. ¡Estoy seguro de que la he tocado!