Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el Africa Austral
Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el Africa Austral La corriente les arrastraba con fuerza irresistible. La canoa llegó pronto al verdadero rápido, que era preciso cortar oblicuamente para poder alcanzar las tranquilas aguas del otro lado.
Los marineros forzaron los remos, pero la embarcación se dejaba arrastrar río abajo. El timón ya no dominaba la canoa y los remos no conseguían que ésta virase. La situación se hacía en extremo peligrosa, pues en cualquier momento se corría el riesgo de chocar contra una roca o contra el tronco de un árbol. Todos permanecían en silencio, temiendo lo peor.
De pronto, a unos doscientos metros de la canoa, hizo su aparición una especie de islote que sobresalía del río. Era imposible evitar el choque contra aquella peligrosa mezcla de piedras y árboles desgarrados por la fuerza de la corriente.
La canoa chocó sin remisión contra el islote, mas por fortuna el golpe no fue tan impetuoso como se esperaba. El bote se inclinó peligrosamente, aunque los pasajeros lograron mantenerse en sus puestos.
Algo extraño estaba pasando. ¿Cómo era posible que la canoa no hubiera saltado por los aires en mil pedazos? Pronto tuvieron la respuesta.