Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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VII

SITUACIÓN COMPROMETIDA

ALGUNAS semanas pasaron de este modo, y no hay que asombrarse de que Hormiguita se acostumbrase a aquella agradable vida: puesto que se acostumbra uno a la miseria, no debe ser muy difícil acostumbrarse a la abundancia. ¿Pero Miss Anna Waston, que siempre se dejaba llevar del primer impulso, no se cansaría por la exageración y el abuso de su ternura? Los cimientos, como el cuerpo, están sometidos a la ley de la inercia: cuando cesa la fuerza adquirida, el movimiento se detiene. ¿Si el corazón Anna tiene un resorte, no se olvidará algún día de darle cuerda, ella de diez veces olvidaba nueve dar cuerda a su reloj? ¿Había sido él para ella un pasatiempo, un juguete… un reclamo? No: Miss Anna indudablemente era una buena mujer. Sin embargo, si sus cuidados no debían faltar al niño, sus caricias no eran ya tan continuas, ni sus atenciones tan frecuentes. Además, una actriz no tiene momento libre; papeles que estudiar, ensayos, representaciones que no dejan una noche. ¡Y luego las fatigas del oficio! En los primeros días hacía que le llevaran el niño al lecho; jugaba con él, haciendo de madre joven. Después, esto interrumpía su sueño, que tenía la costumbre de prolongar hasta muy tarde, y no lo pedía hasta la hora del almuerzo. ¡Ah, qué alegría al verle sentado en una silla alta que se había comprado expresamente, y verle comer con tan en apetito!


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