Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Una observación: aunque Hormiguita no hubiese jamás recibido lecciones de buenos modales, no eran Thornpipe ni tampoco mister O’Bodkins quienes se las hubieran podido dar, poseÃa una naturaleza tan discreta y reservada, un carácter tan dulce y afectuoso, que siempre habÃa contrastado con las turbulencias y pillerÃas de los pensionados de la Ragged-School. Mostrábase el niño superior a su condición, como lo era a su edad, por los modales y sentimientos. Por aturdida que Miss Anna Waston fuera, no podÃa dejar de notarlo. De su historia no conocÃa más que lo que él habÃa podido contarle desde la época en que fue recogido por Thornpipe. Era, pues, indudable que se trataba de un niño abandonado. Sin embargo, dado lo que ella llamaba su distinción natural, Miss Anna Waston vio en él al hijo de una gran señora, como en el drama corriente, un hijo al que, por razones desconocidas o por su posición social, su madre se habÃa obligado a abandonar. Y de aquà forjó una novela que no brillaba por su novedad. Imaginaba situaciones que se podrÃan adaptar a la escena. Un drama de gran efecto. Ella lo representarÃa y serÃa el triunfo mayor de su carrera artÃstica. Se mostrarÃa enloquecedora, sublime, etc., etc. Cuando estaba en tal diapasón, cogÃa a su ángel, le estrechaba como si estuviera en escena, y le parecÃa oÃr los bravos de toda la sala.
Un dÃa, Hormiguita, turbado por estas demostraciones, le dijo: