Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Un murmullo llegó de todos los lados de la sala; un murmullo de simpatía, mientras Sib, con la mano temblorosa, los ojos bajos y el paso incierto, avanzaba hacia la señora enlutada.

Se comprendía que tenía costumbre de vestir harapos; se le aplaudió, lo que le turbó más.

De repente, la duquesa se levanta, le mira, retrocede, y después le abre los brazos. ¡Qué grito se escapó de sus labios!… Uno de esos gritos conformes a las tradiciones que desgarran el pecho.

—¡Es él!… ¡Es él!… ¡Le conozco! ¡Es Sib!… ¡Mi hijo!

Y le atrae a sí, le oprime contra su corazón, le cubre de besos. Llora verdaderas lágrimas esta vez, y exclama:

—¡Mi hijo… mi hijo! ¡Este desdichado que me pide una limosna!…

Esto conmueve al pobre Sib, y aunque le han recomendado que no hable, dice:

—¿Su hijo, señora?…

—Cállate —murmuró en voz baja Miss Anna Waston.

Y continúa.

—El cielo me lo quitó para castigarme y hoy me lo devuelve.


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