Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Y entre estas frases, entrecortadas por los sollozos, devora a Sib a besos, le inunda de lágrimas. Nunca, nunca ha sido Hormiguita tan acariciado, tan oprimido contra un corazón palpitante. ¡Nunca se ha sentido tan maternalmente amado!

La duquesa se levanta como si le sorprendiera algún ruido.

—Sib —exclamó—, ¿no me abandonarás?

—No… señora Anna.

—Pero cállate —repitió ella a riesgo de ser oída en la sala.

La puerta de la choza se abre bruscamente. Dos hombres aparecen en el umbral. El uno es el marido; el otro, el magistrado que le acompaña para la información judicial.

—Coged a ese niño. Me pertenece.

—No. No es hijo suyo —responde la duquesa, estrechando a Sib.

—¡No es mi papá! —exclamó Hormiguita.

Los dedos de Miss Anna Waston le han oprimido tan vivamente el brazo que él no ha podido contener un grito. Después de todo, este grito no compromete la situación. Ahora es una madre la que le estrecha contra sí. No se lo arrancarán. La leona defiende a su cachorro.

Y, de hecho, el cachorro, que toma la escena en serio, sabrá resistir El duque ha llegado a apoderarse de él. Sib se escapa corriendo hacia la duquesa.


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