Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—¡Ah, señora Anna! —exclama—. ¿Por qué me ha dicho que no era mi mamá?

—¡Callarás, desgraciado! Quiero que calles —murmuró la actriz, mientras el duque y el juez quedan desconcertados ante estas réplicas no previstas.

—Sí, sí —responde Sib—, es mi mamá, ya se lo había dicho, señora Anna… mi verdadera mamá.

El público comienza a comprender que aquello no es de la obra. Se murmura, se ríe. Algunos espectadores aplauden por broma. Y debían llorar, pues era conmovedor ver a aquel pobre niño que creía haber encontrado a su madre en la duquesa de Kendalle.

Pero la situación era comprometida, pues por una u otra razón estallaban las risas en la escena en que debían correr las lágrimas.

Miss Anna comprendió el ridículo de aquella situación. Algunas palabras irónicas lanzadas por sus amistades llegaron a ella de entre bastidores. Perdida, aturdida, sintió un movimiento de rabia. Hubiera fulminado a aquel niño tonto, causa de todo el mal. Entonces las fuerzas la abandonaron y cayó desmayada en el escenario. El telón fue bajado mientras el público se entregaba a una risa desenfrenada.


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