Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Aquella misma noche, Miss Anna Waston, que había sido trasladada al George Royal Hotel, abandonó la ciudad en compañía de Elisa Corbett. Renunciaba a dar las funciones anunciadas para la semana. Rescindía su contrato y pagaría la indemnización. Jamás volvería a aparecer en el teatro de Limerick.

No se inquietaba por Hormiguita. Se desembarazaría de él como de un objeto que ya no gusta y cuya sola vista le hubiera sido odiosa. No hay cariño que valga ante el amor propio.
Hormiguita quedó solo, sin adivinar nada, pero comprendiendo que había debido de causar una gran desgracia. Erró toda la noche por las calles de Limerick a la aventura, y acabó por refugiarse en el fondo de una especie de vasto jardín, con construcciones esparcidas aquí y allá y losas sobre las que se veían cruces.
En medio se alzaba una enorme construcción, muy sombría por la parte que no estaba iluminada por la luz de la luna. Este jardín era el cementerio de Limerick, uno de esos cementerios ingleses llenos de árboles verdes, paseos enarenados y estanques, que son muy frecuentados. Las losas eran las tumbas; las construcciones, monumentos funerarios, y en medio, la catedral gótica de Santa María.