Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Numerosos ríos forman los afluentes del Cashen y hacen irregular el trazado de los caminos. A unas treinta millas hacia el oeste se desarrolla el litoral, profundamente cortado donde se encuentran la ensenada del Shannon y la larga bahía de Kerry, cuyas caprichosas rocas se desgastan con el ácido carbónico de las aguas marinas.

No se habrán olvidado estas palabras de O’Connell que hemos citado:

—«Irlanda para los irlandeses». He aquí cómo esto es verdad.

Existen trescientas mil granjas que pertenecen a propietarios extranjeros. En este número cincuenta mil comprenden más de veinticuatro acres, o sea unas doce hectáreas, y ocho mil no tienen más que de ocho a doce. El resto, menos. De forma que la propiedad no está bien repartida. Al contrario. Tres de estas propiedades pasan de cien mil acres, entre otras la de mister Richard Barridge, que tiene unas ciento sesenta millas de extensión.

¿Pero qué valen estos propietarios al lado de los landlords de Escocia, un conde de Breadalbane, propietario de cuatrocientos treinta y cinco mil acres; mister J. Matheson, de cuatrocientos seis mil; el duque de Sutherland, de un millón doscientos mil acres, la superficie de un condado entero?


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