Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés HabÃa allà toda clase de plantas que encantaban los ojos, y particularmente innumerables fucsias mecidas sin cesar por las brisas. En cuanto a los muros, estaban hechos de pedazos y semejaban los remiendos de las ropas de un pobre. No estaban sujetos por la hiedra que sostenÃa el edificio cuando hasta faltaban los cimientos. Entre las tierras cultivables y la granja se extiende una huerta en la que mister Martin cultiva las legumbres precisas para su alimento, sobre todo nabos, coles y patatas. Estaba rodeada por una cortina de árboles y arbustos abandonados a los caprichos de una vegetación tan fantástica como es la de Irlanda.
Aquà están los robustos acebos con sus hojas de un verde rabioso que semejan conchas de forma original. Allà se levantan los tejos, que crecen libremente, sin que un cincel inhábil los convierta en utensilios de ninguna clase. Hacia la izquierda, un bosque de fresnos, uno de los árboles más hermosos de aquellos campos. Después, entremezclándose con hayas verdes, árboles de gran altura, serbales que desde lejos semejan viñedos cuyas cepas estuvieran cargadas de uvas de coral. Y no es preciso ir tres millas más lejos para sentir que se hincha el suelo con las primeras ramificaciones de las cadenas de los Clanaraderry, donde se desarrollan bosques de abetos, cuyas frutas parecen estar suspendidas en la red de las madreselvas.