Aventuras de un niño irlandés

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II

MUÑECOS REALES

LA carreta de Thornpipe estaba construida de un modo rudimentario. Unas varas a las que el feroz perro está enganchado. Una caja cuadrangular colocada sobre dos ruedas, lo que hacía más fácil el paso por los caminos de traqueteo del condado. Por encima de la caja, un toldo de tela colocado sobre cuatro varillas de hierro y que defiende, si no del sol, poco fuerte de ordinario, al menos de las interminables lluvias de la alta Irlanda. Se asemeja a esos aparatos que llevan los organillos de Barbaria, cuyos estridentes silbidos se mezclan al toque de las cornetas; pero no es un órgano lo que Thornpipe lleva de pueblo en pueblo, o al menos en este aparato más complicado el órgano es un sencillo organillo, como se podrá juzgar pronto.

La caja está cerrada por una cubierta que se levanta, y he aquí lo que los espectadores ven, hecha la operación.

A fin de evitar repeticiones, escucharemos a Thornpipe. A no dudar, el forastero, con su interminable facundia, hubiera podido competir con el célebre Brioché, el creador del primer teatro de muñecos en los campos de feria de Francia.

—¡Señoras y señores!…

Éste es el invariable comienzo destinado a provocar las simpatías de los espectadores, hasta cuando el público se compone de míseros harapientos.


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