Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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La granja, cubierta de una caperuza dura, recordaba a esas cabañas groenlandesas perdidas en la inmensidad de los países polares. En verdad, aquella inmensa costra de nieve conservaba en el interior el calor de los hogares, y no se sufría mucho por el exceso de frío. Pero fuera, en medio de aquella atmósfera en calma cuyas moléculas parecían estar heladas, era posible aventurarse sin tomar ciertas precauciones. En esta época, Martin y Murdock se vieron obligados a vender algunos animales para pagar el arriendo de la finca: vendieron un gran número de carneros. Era preciso no retrasarse para encontrar dinero entre los mercaderes de Tralée.

Era el 15 de diciembre. Como el carruaje no hubiera podido rodar más que muy difícilmente por aquel terreno helado, el labrador y su hijo tomaron la resolución de hacer el viaje a pie. No dejaba de ser tarea muy penosa recorrer veinticuatro millas con una temperatura de 20 grados bajo cero. Probablemente su ausencia duraría dos o tres días.

Al alba partieron, no sin que en la granja quedaran inquietos.

Aunque el tiempo era muy seco, espesas nubes que se esparcían hacia oeste amenazaban modificarlo próximamente.

Habiendo Martin y Murdock partido el 15, no se debía esperarles hasta el 17.


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