Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Toda vez que la abuela dormía, y puesto que Jenny reposaba en el cuarto de al lado, ¿qué inconveniente había en llegar hasta el camino? Esta curiosidad, o más bien este deseo de ver si alguien venía, era muy excusable.
Hormiguita abrió, pues, la puerta de la sala y la volvió a cerrar cuidadosamente. Hundiéndose hasta la rodilla en la nieve llegó al patio.
En el camino, blanco, nadie vio. Ningún ruido en la dirección del camino, Martina, Kitty y Sim no estaban cerca, pues los ladridos de Birk se hubiesen oído desde lejos por esos fríos intensos que llevan la voz a grandes distancias.
El niño avanzó hasta el medio del piso bajo de la casa.
En ese momento, un nuevo crujido llamó su atención; no venía del camino, sino del patio, junto a los establos. Parecía venir acompañad de un aullido sofocado. Hormiguita, inmóvil, escuchaba. El corazón le latía fuertemente. Pero se acercó con valor a la pared de los establos después de rodear el ángulo de este lado, se adelantó a pasos sordos y con precaución.
El ruido venía siempre del interior, tras el ángulo ocupado por la habitación de Murdock y de Kitty.
Hormiguita, presintiendo una desgracia, se arrastró a lo largo muro.
Apenas pasó el ángulo, dejó escapar un grito.