Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés ¡Con tal de que no les hubiera ocurrido ninguna desgracia!… Se producÃan a veces tan terribles catástrofes en esas tempestades de nieve! ¡Bah! ¡Los hombres enérgicos y vigorosos saben defenderse! Cuando regresaran, encontrarÃan un buen fuego en el hogar y un grog caliente en la mesa. Hormiguita no tendrÃa que hacer más que arrojar una buena brazada de leña en el hogar.
HacÃa dos horas que Martina y los demás habÃan partido, y nada anunciaba su próxima vuelta.
—¿Quiere que vaya a la puerta del patio y desde allà avance algo para ver a más distancia del camino? —dijo el niño.
—No, no, No es preciso que la casa quede sola; y sola estarÃa no quedando más que yo para guardarla.
Volvieron a hablar, pero bien pronto la fatiga y la inquietud se reunieron, y la anciana empezó a adormecerse.
Hormiguita, siguiendo su costumbre, le colocó una almohada tras la cabeza, procurando evitar todo ruido que pudiera despertarla, y se acercó a la ventana.
Después de haber quitado el hielo de uno de los cristales, miró.
Fuera, todo estaba blanco, silencioso, como en un cementerio.