Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —Pues bien, señoras y señores; esto no es nada aún —dijo Thornpipe—. Suponen sin duda que estas personas reales y las otras no pueden hacer movimientos ni gestos. ¡Error! Están vivos, vivos, como ustedes y como yo… y lo van a ver. Pero antes me tomaré la libertad de dar una vuelta, recomendándome a su generosidad.
Éste es el momento crÃtico para los que muestran curiosidades, cuando el platillo empieza a circular entre los espectadores. Por regla general, el público de estos espectáculos se divide en dos clases: los que se van, para no soltar dinero, y los que se quedan con la intención de divertirse gratuitamente; estos últimos son más numerosos. Existe otra tercera categorÃa: la de los que pagan; pero es tan reducida, que vale más no hablar de ella. Esto se evidenció cuando Thornpipe echó su guante con una sonrisa que procuraba ser amable y que resultaba feroz. ¿Cómo calificar si no aquel rostro de perro, con ojos brillantes y boca más pronta a morder a las gentes que a besarlas?