Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Se supone que entre aquel público apenas se encontraban dos coppers que recoger. Los espectadores que deseaban ver sin pagar, volvían la cabeza. Cinco o seis solamente echaron algunas monedillas, lo que produjo una colecta de poco más de un chelín. Acogiola Thornpipe con despectiva sonrisa. Preciso era contentarse, y esperar la representación de la tarde, que tal vez produciría más ganancias, y ejecutar el programa antes que devolver el dinero.
Y entonces, a la admiración muda, sucedió la admiración que se demostraba con gritos, palmadas, ¡oh!… ¡oh!… que debían de oírse desde el puerto.
Thornpipe acaba de dar un golpe con la varilla en la caja; el golpe ha provocado un gemido del que nadie ha hecho caso. De repente la escena se anima de un modo milagroso, puede decirse.