Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Este agente que se presentaba una vez al año en casa del labrad MacCarthy se llamaba Harbert. Muy duro, y acostumbrado al espectáculo de las miserias del campesino sin conmoverse, era una especie de alguacil al que ninguna súplica había emocionado. Se sabía que era despiadado en su oficio. Recorriendo las granjas del condado había ya dado pruebas de lo que era capaz; familias arrojadas sin piedad de sus frías moradas; aplazamientos negados a los que hubiera podido despejar la situación. Portador de órdenes formales, parecía que aquel hombre sentía placer al aplicarlas en todo su rigor. En Irlanda se ha osado proclamar en otro tiempo esta abominable declaración. «No es violar la ley matar un irlandés». La inquietud era, pues, extrema en Kerwan. La visita de Harbert no debía tardar, pues aquella última semana de diciembre la empleaba en recorrer el dominio de Rockingham.

La mañana del 29 de diciembre, Hormiguita, que fue el primero que le vio, corrió apresuradamente a prevenir a la familia reunida en la sala del piso bajo.

Todos estaban allí; el padre, la madre, los hijos, la bisabuela y su biznieta, que Kitty tenía en su regazo.



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