Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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El agente atravesó el patio con paso decidido, el paso del dueño, abrió la puerta de la sala y sin quitarse el sombrero, sin dar los buenos días, como hombre que está en su casa, se sentó en una silla ante la mesa y sacando algunos papeles de su saco de cuero, dijo rudamente:

—Son cien libras las que me tiene que dar por el año, MacCarthy; ¿no es eso?

—Sí, señor Harbert —respondió el labrador, cuya voz temblaba ligeramente—. Son cien libras. Pero yo le pido un plazo; alguna vez me lo ha concedido.

—¡Un plazo!… ¡Plazos!… —exclamó Harbert—. ¿Qué significa esto? ¡Oigo esto en todas las granjas! ¿Es con plazos como mister Eldon podrá pagar a lord Rockingham?

—El año ha sido malo para todos, señor Harbert, y puede creer que en nuestra granja nada se ha ahorrado.

—Esto no me interesa, MacCarthy, y no puedo concederle el plazo.

Hormiguita, oculto en un rincón sombrío, con los brazos cruzados y los ojos muy abiertos, escuchaba.

—Vamos, señor Harbert —dijo el labrador—. Tenga piedad de los pobres. No se trata más que de darnos un poco de tiempo. La mitad del invierno ha pasado y no ha sido muy riguroso. Nos indemnizaremos en la próxima estación.


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