Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —¿Quiere pagar, sà o no, MacCarthy?
—QuerrÃamos, señor Harbert, pero le aseguro que nos es imposible.
—¡Imposible! Procúrese dinero vendiendo.
—Lo hemos hecho, y lo que nos quedaba ha sido destruido por la inundación. De los muebles no sacarÃamos con seguridad cien chelines.
—Y ahora que no está en situación de comenzar sus labores —exclamó el agente—, ¿cuenta para pagar con la próxima cosecha? ¿Es que se burla de m�
—No, señor Harbert, Dios me libre; pero, por piedad, ¡no nos quite esa última esperanza!
Murdock y su hermano, mudos e inmóviles, contenÃan, no sin trabajo, su indignación al ver a su padre humillarse ante aquel hombre.
En aquel momento la abuela, irguiéndose a medias en su sillón, dijo con voz grave:
—Señor Harbert, tengo setenta y siete años y toda mi vida la he pasado en esta granja que mi padre dirigÃa con mi marido y mi hijo. Hasta hora siempre hemos pagado nuestro alquiler, y por la primera vez que le pedimos un año de espera, no creeré que lord Rockingham vaya a echarnos.
—No se trata de lord Rockingham —respondió brutalmente Harbert—. Yo no conozco a su lord Rockingham. Pero mister John Eldond lo conoce. Me ha dado órdenes formales, y si no me pagáis, abandonaréis Kerwan.