Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—¡Trabajando! —dijo Murdock, que tendió las manos endurecidas por las labores—. ¿Es que no han trabajado estas manos? ¿Es que mi padre, mis hermanos, mi madre están de brazos cruzados desde tantos años en esta granja? ¡Señor Harbert, no diga esas cosas, pues me siento incapaz de oírlas!

Murdock acabó su frase con un gesto que hizo retroceder al agente. Y entonces, dejando salir de su corazón toda la cólera amasada por la injusticia social, habló con la energía que lleva la lengua irlandesa, esa lengua de la que se puede decir: «¡Cuándo aboguéis por vuestra vida, hacedlo en irlandés!».

Y era por su vida, por la vida de todos los suyos, por lo que se dejaba arrastrar a tan terribles recriminaciones.

Desahogado su corazón, se sentó.

Sim sentía excitada su indignación como el fuego. Martina, con la cabeza baja, no osaba interrumpir el silencio que había seguido a las violentas palabras de Murdock.

Martina se levantó, y dirigiéndose al agente, le dijo:

—Señor, soy yo la que os implora… Concédanos una prórroga. Esto nos permitirá pagarle. Algunos meses solamente, y a fuerza de trabajo… Señor… Se lo pido de rodillas, ¡por compasión!


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