Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Y la desdichada mujer se inclinaba ante aquel hombre despiadado, cuya sola actitud era un insulto.
—¡Basta, madre! ¡Ya es mucha humillación! —dijo Murdock, obligando a Martina a levantarse—. No es con súplicas como se responde a tales miserables.
—No —dijo Harbert—. Y las palabras para nada sirven. El dinero, el dinero al instante, o antes de ocho dÃas serán arrojados.
—¡Antes de ocho dÃas, sea! —exclamó Murdock—. Pero primero voy a arrojarle yo de esta casa, ¡de la que aún somos los dueños!
Y precipitándose sobre el agente, le cogió por un brazo y lo puso en el patio.
—¿Qué has hecho, hijo mÃo? —dijo Martina mientras los demás inclinaban la cabeza.
—Lo que todo irlandés deberÃa hacer —respondió Murdock—. ¡Arrojar los lores de Irlanda como yo he arrojado a ese agente de esta granja!