Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Cuando las cosechas faltan, las ciudades enteras se despueblan. Se puede entrar en las granjas, pues la puerta queda abierta. No hay nadie. Los labradores han sido arrojados de ellas sin piedad. La industria agrícola está herida en el corazón. Si esto proviene de que el trigo, el centeno o la avena no han dado frutos, posible será esperar un año mejor; pero cuando un invierno riguroso y prolongado ha matado la patata, los habitantes del campo tienen que huir a la ciudad, refugiándose en los Workhouses, a menos que prefieran emigrar del país. Aquel año muchos se habían ya resuelto a esto: a continuación de tales desastres, en ciertos condados la población ha sido reducida en una proporción considerable. Parece que en otro tiempo Irlanda ha contado doce millones de habitantes, y ahora hay, sólo en los Estados Unidos de América, seis o siete millones de colonos de origen irlandés. ¡Emigrar! ¿No era ésta la suerte a que se vería condenada la familia de Martin MacCarthy? Sí. Y muy pronto. Ni las recriminaciones de la liga agraria, ni los mítines en que Murdock tomaba parte, parecían modificar aquel estado de cosas. Los recursos del poor-board serían insuficientes para socorrer tantas víctimas. La caja, alimentada por la asociación de los home-rules, no tardaría en quedar vacía. En cuanto a un levantamiento contra los propietarios del suelo, el lord lugarteniente estaba decidido a impedirlo por la fuerza. Se veían muchos agentes esparcidos por los condados sospechosos, es decir, por los más miserables.


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