Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Al día siguiente, 7 de enero, a las dos de la madrugada, Hormiguita abandonó la casa, no sin haber besado a la anciana que dormía y a la que no despertó el beso. Saliendo después de la sala, atravesó la puerta sin ruido, y acarició a Birk, que venía a su encuentro y parecía decirle:
—¿No me llevas?
¡No! Quería dejarle en la granja. Durante su ausencia, el fiel can podría prevenir de toda aproximación sospechosa. Atravesado el patio abierta la valla, el niño se encontró solo en el camino de Tralée. La oscuridad era profunda todavía. En los primeros días de enero, tres semanas antes del solsticio, en aquella latitud comprendida entre los paralelos cincuenta y dos y cincuenta y tres, el sol se eleva muy tarde en el horizonte del suroeste. A las siete de la mañana apenas si las montañas se colorean con la naciente luz del alba. Hormiguita tenía, pues, que hacer la mitad del trayecto en plena noche. Esto no le atemorizó.
El tiempo era muy frío, aunque el termómetro no marcase más que doce grados bajo cero. Millares de astros estrellaban el firmamento. El camino, todo blanco, seguía hasta perderse de vista, aclarado por el reflejo de la nieve. Los pasos resonaban con un ruido seco.