Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Hormiguita recordó entonces. Quedaba la guinea que Miss Anna Waston le había dado en el teatro de Limerick. Pura broma de la actriz, pero él, que había tomado en serio su papel de Sib, miraba este dinero como bien ganado. Así es que había guardado cuidadosamente aquella guinea en la olla de los guijarros que por entonces no podía esperar que fuesen transformados en peniques o en chelines.
Nadie sabía en la granja que Hormiguita poseyese aquella moneda de oro, y pensó emplearla en comprar la medicina recetada a la abuela. Esto contribuiría a endulzar sus sufrimientos, tal vez a prolongar su vida… ¿y quién sabe?… a una mejoría en su estado. Hormiguita quería siempre esperar, aunque toda esperanza fuera ilusoria. Decidido a ejecutar su proyecto, se abstuvo de decir nada de él. Tenía el derecho incontestable de emplear ese dinero como quisiera. No había tiempo que perder. A fin de no ser visto, contaba partir de noche. Doce millas de ida y doce de vuelta… No dejaba de ser un largo trayecto para un niño, pero no pensó en ello. En cuanto a su ausencia, que duraría un día por lo menos, nadie la notaría, pues tenía la costumbre de estar fuera todo el tiempo que no consagraba a la abuela, vigilando los alrededores, observando el camino en una o dos millas, espiando la llegada del agente para expulsar a la familia, o la del constable y los suyos para llevarse preso a Murdock.