Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Entonces hacía un viaje a caballo por aquellas desoladas campiñas. Al pasar por allí, Hormiguita, que le conocía por haberle encontrado en la capital del condado, le hizo entrar en la granja. Y el médico aseguró que las privaciones, la edad y el disgusto que aniquilaba a la moribunda, traerían una catástrofe inminente.
No era posible ocultar a la familia la situación de la anciana. La abuela no viviría ni algunos meses, ni algunas semanas: le quedaban algunos días solamente. Poseía su juicio cabal y lo conservaría hasta el fin; y era tan dura al mal, tan resistente, que la lucha con la muerte sería acompañada, sin duda, de una cruel agonía. En fin, llegaría el aniquilamiento, la respiración se detendría y el corazón cesaría de latir.
Antes de abandonar la granja, el médico recetó una poción que podía endulzar los últimos instantes de la abuela. Después se marchó, dejando la desesperación en aquella casa donde la caridad le había llevado.
Ir a Tralée, hacer preparar la medicina, traerla a la granja, era cosa de unas veinticuatro horas. ¿Pero cómo pagar su importe? Pagados los impuestos, la familia no vivía más que de algunas legumbres de la granja, sin comprar nada. En los cajones no quedaba un chelín, ni tampoco nada que vender… Era la miseria en sus límites extremos.