Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —¿No la abandonarás nunca?
—Nunca… Nunca…
—¡Quiera Dios que sea más dichosa que nosotros! ¡Es tu ahijada, no lo olvides! Tú serás mozo cuando ella todavÃa será una niña. Un padrino es como un padre. ¡Si sus padres le faltaran!…
—No, abuela —respondÃa Hormiguita—. No tenga esos temores. La desdicha no durará siempre. Pasados algunos meses será otra cosa. Recobrará la salud y la volveremos a su butaca, mientras Jenny juega a su lado.
Y mientras Hormiguita hablaba de este modo, sentÃa el corazón oprimido, las lágrimas asomando a sus ojos, pues sabÃa que la abuela estaba enferma, muy enferma. Sin embargo, tenÃa fuerza para contenerse, ante ella al menos. Si lloraba, era fuera, cuando nadie podÃa verle. Además, tenÃa siempre miedo de hallarse en presencia de Harbert, llegando con los agentes para arrojar a la familia de su único abrigo.
La anciana empeoró en la primera semana de enero. Acometiéronle sÃncopes, y uno de ellos fue tan prolongado, que se creyó que su fin habÃa llegado.
El dÃa 6 fue un médico; un doctor de Tralée, uno de esos prácticos caritativos, que no rehúsan prestar sus servicios a los pobres, aunque esto no les proporcione utilidad alguna.