Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Para quien jamás habÃa visto el aparato de los grandes teatros de Europa, aquel espectáculo era hermoso y digno de provocar la más grande admiración. A la vista de aquellos muñecos movibles, el entusiasmo llegó al delirio.
Y he aquà que de pronto la Reina baja tan vivamente su cetro que toca la redonda espalda del primer ministro. Entonces los hurras del público aumentan.
—¡Están vivos! —dice uno de los espectadores.
—Sólo les falta hablar —responde otro.
—Quisiera saber qué es lo que les hace moverse —dice el panadero.
—Es el diablo —exclamó un marinero.
—SÃ, ¡el diablo! —murmuran algunas mujeres santiguándose y volviendo la cabeza hacia el cura que contemplaba el espectáculo con aire pensativo.
—¿Cómo queréis que el diablo pueda estar en el interior de esa caja? —hace observar un joven tendero, célebre por su simplicidad—. El diablo es muy alto.
—Si no está dentro está fuera —dice una vieja—. Él es el que nos muestra el espectáculo.
—No —respondió gravemente el droguero—; sabéis bien que el diablo no habla irlandés.