Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Es ésta una de las verdades que Paddy considera como incontestables, y quedó sentado que Thornpipe no podía ser el diablo, puesto que hablaba en la lengua del país.

Decididamente, si el sortilegio no entraba para nada en aquello, preciso era admitir que un mecanismo interior ponía en movimiento aquellos muñecos. Sin embargo, nadie había visto a Thornpipe tocar el resorte, y además, particularidad que no se había escapado al cura, desde que la circulación de los personajes comenzaba a disminuir, un latigazo dado bajo la caja que ocultaba la alfombra bastaba para reanimar el juego.

¿A quién se dirigía aquel latigazo, siempre seguido de un gemido? Quiso el cura saberlo y preguntó a Thornpipe:

—¿Tiene un perro en la caja?

El otro le miró frunciendo el entrecejo y pareció que la pregunta le molestaba.

—¡Hay lo que hay! —respondió—. Es mi secreto. No tengo obligación de descubrirlo.

—No tenéis esa obligación —respondió el cura—, pero nosotros tenemos el derecho de suponer que es un perro el que pone en acción el mecanismo.


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