Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés El conde Ashton pulsó el botón del timbre, y algunos instantes después el intendente se presentaba ante sus señorías.
Un verdadero tipo de mojigato, mister Scarlett, el intendente de lord Piborne, era uno de esos individuos aduladores y astutos, que se hacía santo, y era cordialmente detestado por toda la servidumbre del castillo. De maneras almibaradas y cara hipócrita, almibarada e hipócritamente trataba a sus inferiores, sin cólera, sin arrogancia, acariciándoles con las garras.
En presencia de los marqueses y del conde Ashton tenía el aire modesto de un bedel parroquial.
Se le puso al tanto del asunto. La cartera, sin duda, había sido depositada en los almohadones del carruaje, y se hubiera debido encontrar allí.
Ésta fue la opinión de mister Scarlett, puesto que era la de lord y lady Piborne. A la llegada del coche, cuando él esperaba respetuosamente junto a la portezuela, la oscuridad le había impedido ver si la cartera estaba colocada en el lugar indicado por el marqués.