Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Tal vez mister Scarlett iba a indicar la posibilidad de que dicha cartera hubiera caÃdo en el camino. Pero se abstuvo de ello. Hubiera sido una falta de cuidado de lord Piborne. Guardándose, pues, de formular su sospecha, contentóse con hacer observar que la cartera debÃa contener papeles de gran valor. ¿No era esto claro… si pertenecÃa… si tenÃa el honor de pertenecer a tan alto personaje?
—Es evidente que ha sido sustraÃda —afirmó este último.
—Un robo, si su señorÃa me lo permite —añadió el intendente.
—SÃ, un robo, mister Scarlett, y no solamente de una cantidad bastante considerable, sino de los papeles en que se prueban los derechos de nuestra familia en el asunto de la parroquia.
Y quien no ha visto la fisonomÃa del intendente, ante la idea de que la parroquia osaba disputar esos derechos a la noble casa de los Piborne, abominación que no hubiera sido posible en los tiempos en que los privilegios del nacimiento eran universalmente respetados; quien no ha observado la actitud indignada de mister Scarlett, el temblor de sus manos medio alzadas al cielo, sus ojos bajos, no es posible que imagine a qué grado de perfección puede llegar un gazmoño en el arte de los gestos.