Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Si lord Rockingham no había ido jamás a visitar sus tierras del condado de Kerry, no podía lord Piborne ser acusado de ausencia. Después de una residencia de tres o cuatro meses, ya en Edimburgo, ya en Londres, venía; regularmente a instalarse desde abril hasta noviembre a Trelingar-Castle.

Un dominio de esta extensión comprende necesariamente un gran número de colonos. La población agrícola que vivía en las tierras del marqués era suficiente para llenar toda una ciudad.

De que los campesinos de Trelingar-Castle no estuviesen regidos por un John Eldon, por cuenta de un duque de Rockingham, y oprimidos por un Harbert, por cuenta de un John Eldon, no hay que deducir que fuesen tratados de mejor manera; tan sólo que las cosas se hacían más dulcemente. Sin duda el intendente Scarlett les perseguía con rigor por causa de la falta de pago de alquileres, y les arrojaba de sus casas; pero lo hacía a su modo, mostrando pena, entristeciéndose al pensamiento de que iban a quedar desprovistos de todo abrigo, privados de pan, asegurándoles que aquellas evicciones destrozaban el corazón de su dueño. Los pobres no eran menos echados fuera, y no era probable que sintiesen ningún consuelo al pensar en que esto causaba tanta pena a sus señorías.


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