Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés El castillo databa de unos tres siglos, habiendo sido edificado en tiempo de los Estuardos; su construcción se remontaba, pues, a la época de los Plantagenet, tan queridos por los Piborne.
Su propietario actual había hecho algunas reparaciones en el exterior, a fin de darle un aspecto feudal, estableciendo almenas, buardas, atalayas y, sobre un foso lateral, un puente levadizo, que no se levantaba, y un rastrillo, que jamás se bajaba.
En el interior había espaciosas habitaciones más confortables que las del tiempo de Eduardo IV o de Juan sin Tierra. Era una nota de modernismo que debían tolerar los personajes, en el fondo muy cuidadosos de sus comodidades.
A los lados del castillo se elevaban los anejos, cuadras y edificios del servicio. Delante, un vasto patio, plantado de soberbias hayas, y flanqueado por dos pabellones, que separaba una verja monumental, uno de los cuales, el de la derecha, servía de habitación al conserje, o mejor dicho, al portero.
A la puerta de este pabellón era a la que acababa de llamar nuestro héroe, en el momento en que la verja se abría para dar paso al intendente Scarlett.