Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés En este sitio, Hormiguita, ya muy fatigado de su viaje a Tralée, sintió que las fuerzas iban a faltarle: sus piernas flaqueaban. Y sin embargo, no querÃa, no… no querÃa detenerse, y arrastrándose trabajosamente, llegó a andar otra media milla. Hecho este último esfuerzo, cayó a lo largo de un escarpe, plantado de altos árboles, de cuyas ramas pendÃan festones de hielo.
HabÃa allà un cruce de dos caminos, de forma que si hubiera sido capaz de levantarse, Hormiguita no habrÃa sabido qué dirección tomar.
Tendido sobre la nieve, con los miembros helados, todo lo que pudo hacer en el momento en que sus ojos se cerraban y el sentido de las cosas se extinguÃa en él, fue gritar:
—¡Socorro! ¡A mÃ!
Casi en seguida, lejanos ladridos atravesaban el aire seco y frÃo de la noche. Después se acercaron, y un perro apareció en la vuelta del camino, olfateando, la lengua colgante y los ojos brillantes como los de un gato.
En cinco o seis saltos llegó al niño. No era para devorarle sino para calentarle, echándose a su lado.
No tardó Hormiguita en recobrar sus sentidos. Alzó los ojos y sintió que una lengua cálida y acariciadora lamÃa sus heladas manos.
—¡Birk! —murmuró.