Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Entretanto, en aquel camino desierto, en plena región devastada por la miseria, abandonado de aquéllos a quienes él no podÃa alimentar, perdido en medio de una oscuridad glacial, jamás se habÃa sentido tan solo. A su edad es raro que los niños no tengan un lazo que les una a algo, si no a una familia, al menos a un establecimiento de caridad que les recoge y educa. Pero él no era más que una hoja arrancada y que rodaba por el camino. Hoja que va donde el viento la lleva, hasta que no es más que polvo. No. Nadie hay que tenga compasión de él. Si no encuentra a los MacCarthy no sabe qué hacer. ¿Dónde va a buscarles? ¿A quién preguntar por ellos? ¿Y si se deciden a abandonar el paÃs, admitiendo que no estén presos, y si emigran, como tantos otros de sus compatriotas, al Nuevo Mundo?…
Nuestro héroe decidió, pues, marchar en dirección a Limerick, a través de la llanura, blanca por la nieve. La temperatura glacial no hubiera sido soportable de soplar algo de viento; pero la atmósfera estaba en calma, y el menor ruido se hubiera oÃdo desde muy lejos. Anduvo asà durante dos millas, sin encontrar alma viviente, a la ventura, pues jamás se habÃa arriesgado en esta parte del condado, donde nacÃan las primeras estribaciones de las montañas. Adelante los macizos de abetos hacÃan el horizonte más oscuro.