Aventuras de un niño irlandés

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Verdad es que durante cinco o seis semanas era preciso vivir, y de algunos chelines ganados aquí y allá, como el resto de la guinea que constituía todo el haber de nuestro mozo, a mediados de febrero no quedaban más que una media docena de peniques. Había economizado el alimento cotidiano, y decimos cotidiano, aunque ni comió una vez lo que deseaba, ni aun todos los días. Estaba muy delgado, el rostro pálido por las privaciones, el cuerpo débil por la fatiga.

Birk, enflaquecido, con la piel adherida a sus costillas salientes, no estaba mejor. Pronto se verían reducidos a los desperdicios arrojados a la calle. Sin embargo, Hormiguita no desesperaba. Esto era la nota constitutiva de su carácter. Conservaba tal energía, que rehusaba siempre mendigar. ¿Qué haría, pues, cuando su último penique hubiera sido entregado para comprar el último pedazo de pan?

Hormiguita no poseía más que seis o siete peniques cuando el 13 de marzo Birk y él llegaron a Newmarket.

Hacía dos meses y medio que ambos seguían los caminos del condado sin haberse podido fijar en ninguna parte.


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