Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—Dos libras al mes —respondió lord Piborne.

¡Dos libras al mes! Eso le pareció fabuloso, y en realidad era una fortuna inesperada para un niño de su edad.

—Doy las gracias a su señoría y acepto su ofrecimiento. Haré lo posible por agradarle.

Y he aquí cómo Hormiguita, admitido el mismo día en el castillo con beneplácito de la marquesa, se vio elevado ocho días después a las eminentes funciones de groom del heredero de los Piborne.

Durante esta semana, ¿qué había sido de Birk? ¿Había osado su dueño presentarlo en el patio? No, pues hubiera recibido mala acogida.

El conde Asthon tenía tres perros, a los que quería casi tanto como a sí mismo. Vivir en su compañía satisfacía sus gustos y el empleo de su inteligencia. Eran animales de raza, cuya línea se remontaba a la conquista normanda, o por lo menos tres soberbios pointers de Escocia de mal genio. Cuando un perro pasaba por delante de la verja, preciso era que huyese pronto si no quería ser devorado por aquellas bestias, a las que el picador enseñaba este género de canibalismo. Así, Birk se había contentado con andar por los anejos, esperando a que llegase la noche y el nuevo groom le trajese algo de lo que le había reservado de su propia comida. Síguese de aquí que ambos adelgazaban… ¡Bah! ¡Ya vendrían días más felices en que engordarían!


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