Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Entonces comenzó para el niño una vida muy diferente a la que habÃa llevado. Sin hablar de los años pasados en casa de la Hard, en la Ragged-School, y para no establecer más comparación que su existencia en la granja de Kerwan; ¡qué cambio en su situación! Entre la familia MacCarthy él era de la casa, y el yugo de la servidumbre no pesaba sobre sus hombros. Pero en el castillo no inspiraba más que una completa indiferencia. El marqués le miraba como uno de esos cepillos de pobres en el que ponÃa dos libras al mes; la marquesa, como un animalito de antecámara, y el conde como un juguete que se le regalaba, omitiéndose hasta la recomendación de que no lo rompiera. En lo que concernÃa a mister Scarlett, atestiguaba su antipatÃa por molestias constantes, y no le faltaban ocasiones para proporcionárselas. Los criados se creÃan muy por encima de aquel niño abandonado que lord Piborne habÃa creÃdo deber admitir en Trelingar-Castle. ¡Qué diablo! Los criados de buenas casas tienen su orgullo; el orgullo de una posición adquirida desde largo tiempo, y no les gusta rozarse con vagabundos. Asà se lo hacÃan sentir en los múltiples detalles del servicio y en las comidas en la sala común. Hormiguita no dejaba escapar una queja, y desempeñaba las obligaciones lo mejor que podÃa. Pero ¡con qué satisfacción iba al cuartito que ocupaba aparte, después de haber ejecutado las últimas órdenes de su amo!