Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Sin embargo, encontró una mujer que se interesó por él. Era la encargada de lavar la ropa blanca en el castillo. Se llamaba Kat. Tenía cincuenta años y siempre había vivido en el dominio, donde acabaría probablemente sus días, a menos que mister Scarlett la despidiese, lo que ya había intentado, pues la pobre Kat no tenía la fortuna de agradarle. Un colono de lord Piborne, sir Edward Kinney, gentleman muy apreciado, afirmaba que ella había lavado en tiempos de Guillermo el Conquistador. La poca caridad de los que la rodeaban no la había contagiado. Tenía un excelente corazón, y Hormiguita sintióse muy feliz de encontrar algún consuelo junto a ella.

Así pues, cuando el conde salía sin llevar al groom, éste y Kat conversaban. Y cuando el niño había sido maltratado por el intendente o por algún criado, le decía:

—¡Paciencia!… No hagas caso de lo que dicen. El mejor de ellos no vale nada y no conozco uno solo que hubiera devuelto la cartera.

¡Tal vez Kat tenía razón, y hasta es creíble que aquellas gentes poco escrupulosas mirasen a Hormiguita como un bobalicón, por haber sido tan honrado!


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