Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Se ha dicho que un groom era una especie de juguete que el marqués y la marquesa habían regalado al conde Ashton. Un juguete: la palabra es justa. Con él se divertía aquel niño caprichoso. Le daba órdenes irracionales, la mayor parte, para darle contraórdenes sin motivo. Le llamaba diez veces por hora. Le obligaba a vestirse su gran o pequeña librea, de múltiples colores, donde había centenares de botones, como los de un rosal en primavera. Nuestro joven parecía un guacamayo de los trópicos. Hacerle marchar tras él, a veinte pasos, con los brazos caídos sobre el pantalón, no solamente por las calles, sino por el parque, era para el vanidoso joven el colmo de la satisfacción. Hormiguita se sometía a esto con una puntualidad irreprochable. Obedecía como una máquina. Si le hubierais visto con los riñones encorvados, los brazos cruzados sobre el pecho, de pie ante el caballo del cabriolé, esperando a que montase su amo, y después, cuando el vehículo estaba en marcha, lanzarse para subir a riesgo de romperse la cabeza sujetándose a la capota. Y el cabriolé dirigido por una mano inhábil rodaba sin cuidarse del sitio por donde pasaba ni de los transeúntes. ¡Era bien conocido en Kanturk!

En fin, a condición de prestarse, sin hablar palabra, a todos los caprichos de su amo, Hormiguita no era desgraciado. Esto duraría lo que el juguete gustara. Verdad es que con aquel joven gentleman tan mal criado, tan caprichoso, convenía esperar cambios súbitos.


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