Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés El marqués, la marquesa y su hijo entraron en el departamento que se les había reservado en un vagón de primera clase. John y Marion se instalaron en uno de segunda, sin invitar al groom a que fuese con ellos. Éste ocupó otro que estaba vacío, sin sentir disgusto alguno por hacer sólo el principio del viaje.
El tren partió en seguida. Hubiérase dicho que no esperaba más que la llegada de los nobles señores de Trelingar.
Una vez ya había viajado Hormiguita en ferrocarril en los brazos de Miss Anna Waston; pero como fue dormido todo el tiempo, apenas si lo recordaba. Él había visto el tren en Galway y Limerick. Hoy iba verdaderamente a realizar su deseo de ser arrastrado por una locomotora, ese poderoso caballo de acero y de cobre, que lanzaba silbidos y torbellinos de vapor.
Lo que más excitaba su admiración no eran los coches de viajeros, sino los furgones de mercancías que la industria y el comercio expedían de una comarca a otra.