Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés La noble familia no se apeó del coche-salón, al que Marion fue llamada para el servicio de su señora. John se puso junto a la portezuela a disposición de su amo. El groom recibió la orden del conde Asthon de comprarle algún libro interesante que se pudiera leer durante una o dos horas. Se dirigió, pues, al puesto de libros de la estación, y se comprende lo perplejo que estaría. En fin, es de presumir que consultó más bien su propio gusto que el del joven Piborne. Así ¡qué mala acogida tuvo cuando llegó llevando la Guía del viajero en los lagos de Sillarney! El heredero de Trelingar-Castle no se preocupaba de estudiar su itinerario. Iba a aquel lugar porque se le llevaba. Y la Guía tuvo que ser sustituida por un periódico de caricaturas insípidas con pies sin ingenio, que parecieron hacer sus delicias.
