Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés A las dos y media salieron de Millstreet. Hormiguita volvió a instalarse junto a la ventanilla del vagón. El tren iba entonces por una comarca montañosa, de accidentado paisaje. El tiempo era bastante claro, con un sol algo ardiente, cosa rara en Irlanda. Lord Piborne podía felicitarse de tener un período seco para su excursión. La sombrilla de la marquesa sería más útil que su waterproof. Sin embargo, la atmósfera no estaba desprovista de cierta ligera bruma fresca, que da más encanto a las cimas, dulcificando sus contornos. Hormiguita pudo contemplar hacia el sur del ferrocarril los altos picos de aquella parte del condado, el Caherbarnagh y el Pass, cuya altura llega a dos mil pies. En los alrededores de Killarney es, en efecto, donde se dan las mayores alturas de Irlanda. El tren no tardó en franquear el monte entre los condados de Cork y de Kerry. Hormiguita, que había guardado la Guía rehusada por su amo, seguía con interés el trazado del ferrocarril. ¡Qué recuerdos traía a su memoria el nombre de Kerry! A unas veinte millas hacia el norte habían transcurrido los más caros años de su infancia, en aquella granja de Kerwan ahora abandonada, de la que el despiadado midleman había arrojado a la familia MacCarthy. Sus ojos se apartaron del paisaje. Era en sí mismo donde miraba, y esta dolorosa impresión duraba aún cuando el tren se detuvo en la estación de Killarney.