Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Aquella misma noche, antes de subir a su cuarto, Hormiguita fue a los anejos donde Birk esperaba. Fácil es imaginar cómo fue la entrevista de los dos amigos y qué caricias intercambiaron; Birk estaba ciertamente delgado, pues no todos los días había matado el hambre, pero sus ojos brillaban inteligentes. Su amo le prometió ir todas las noches si podía, y le deseó una buena noche.
Birk, comprendiendo que no tenía derecho para ser un obstáculo, no exigía más. Además, era preciso ser prudente. La presencia de Birk en los alrededores de Trelingar-Castle había sido notada y los perros habían dado aviso varias veces.
El castillo recobró su vida habitual, la vida vegetativa que convenía a los huéspedes. La estancia debía prolongarse hasta la última semana de septiembre, época en la que los Piborne tenían costumbre de regresar a sus cuarteles de invierno de Edimburgo; después a Londres para las sesiones del Parlamento; entretanto el marqués y la marquesa volverían a sus visitas de vecindad. Se hablaría del viaje a Killarney. Lord y lady Piborne mezclarían sus impresiones a las de los amigos que ya habían hecho esta excursión a los lagos.