Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Sería preciso hablar deprisa de esto, pues los recuerdos estaban ya confusos y lejanos en la rebelde memoria de la marquesa, y no se acordaba ni aun del nombre de la isla de la que partía «el cordón eléctrico» del que Europa tiraba para llamar a los Estados Unidos, del modo como ella llamaba a Jonh y Marion.
Sin embargo, esta vida monótona no dejaba de ser penosa para Hormiguita. Siempre era objeto de las malas artes del intendente Scarlett, que veía en él una víctima; y por otra parte, los caprichos del conde Asthon no le dejaban una hora de descanso.
A cada instante tenía que ejecutar alguna orden, después venía la contraorden, y el joven groom estaba siempre yendo y viniendo.
Sentía en las manos y en las piernas un hilo tiránico que le ponía en incesante movimiento. En la antecámara y en las habitaciones de los criados se reían de verle llamado, enviado a tal sitio, después a otro distinto, etc. Y Hormiguita sentía una profunda humillación con estas cosas.