Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés AsÃ, por la noche, cuando habÃa podido retirarse al fin a su cuarto, abandonábase a las reflexiones que su situación le inspiraba. ¿Qué conseguirÃa con ser el groom del conde Ashton? Nada. Era preciso buscar otra cosa. No ser más que un criado, una máquina obediente, sublevaba su espÃritu, la ambición que sentÃa dentro de sÃ. Cuando vivÃa en la granja al menos los otros le consideraban como un igual. Como un hijo de la casa. ¿Dónde estaban las caricias de la abuela, el afecto de Martina y de Kitty, los ánimos de Martin y sus hijos? Él apreciaba más los guijarros que recibÃa todas las noches, enterrados entre las ruinas, que las libras con que lord Piborne pagaba mensualmente su esclavitud. Mientras vivÃa en Kerwan, se instruÃa, trabajaba y aprendÃa para bastarse un dÃa. Aquà nada más que aquella tarea baldÃa y sin porvenir, aquella sumisión a los caprichos de un niño malcriado, vanidoso e ignorante. Siempre estaba ocupado en ordenar, no los libros, no habÃa uno solo, sino todo lo que estaba desordenado en la habitación.