Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Después, el cabriolé del joven gentleman le desesperaba. ¡Oh, qué cabriolé! Hormiguita no podía mirarlo sin horror. A riesgo de caerse por algún precipicio, parecía que el conde Asthon tenía placer en aventurarse por los peores caminos, a fin de sacudir mejor a su groom, agarrado a las correas de la capota. Menos desgraciado cuando el tiempo permitía salir el tilbury o el dog-car —los otros carruajes del hijo de Piborne—, el groom iba sentado y en un equilibrio más estable. ¡Pero se abrían con tal frecuencia las cataratas del cielo sobre la isla Esmeralda!

Era, pues, raro que transcurriese un día sin el suplicio del cabriolé, ya para ir a Kanturk, ya para largos paseos por los alrededores de Trelingar-Castle. A lo largo de estos caminos corrían, con los pies desnudos, encallecidos por las piedras, bandas de chicuelos, vestidos de andrajos y gritando: «¡Cooper! ¡Cooper!». Hormiguita sentía oprimido el corazón. Había sufrido aquellas miserias y las compadecía. El conde acogía a la turba con injurias, amenazándola con su látigo cuando se acercaba. Nuestro héroe experimentaba deseos de arrojarles alguna moneda de cobre. Pero no se atrevía, por miedo de excitar la cólera de su amo.



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